Tenemos que hablar de Wicked Parte II

Con lo que me gustó la primera parte, era realmente difícil que no fuera a ver la segunda el mismo fin de semana del estreno, como así ha sido. Me flipan los musicales (no han sido pocos los viajes que he hecho a Londres cuyo motivo central era ver un musical -bueno, esto era cuando tenía pasta-) y estoy más que dispuesto a mirar todos los que llegan a mi vida con los ojos más benevolentes posibles… lo que no impide que vea sus defectos cuando estos los tienen (por ejemplo, los compases iniciales de aquel musical en formato serie que se marcó Netflix con una secundaria de La La Land me gustaron mucho, pero entendí perfectamente que la cancelaran porque aquello perdió gas de forma alarmante). En fin, todo esto es para deciros que Wicked: For Good (o «Parte II», como hemos traducido en España en un alarde de originalidad) tiene cosas buenas, pero otras muchas no tan buenas y para mí estas segundas pesan bastante más en la balanza. Glups.


No me ha parecido una mala película y, de hecho, empieza como un cohete, como la locomotora esa que llevó a Glinda y Elphaba a ver al Mago de Oz en la primera. Pero poco a poco, se le van viendo los costuras: los números musicales no brillan tanto como en la Part I (aquí no encontraréis un Popular, ni mucho menos un Defying Gravity), la historia toca temas muy importantes y muy relevantes hoy en día (la creación de narrativas ajenas a la realidad, la manipulación de las masas, los extremismos, etc.) pero esta seriedad -este tono discursivo- me suena un pelín impostada y aleja a la cinta de lo que debería ser su centro de «gravedad», ejem: ese tono chispeante, alocado y divertido que Wicked había trabajado tan bien; y, para terminar, me ha resultado una película extraordinariamente larga, tan preocupada por su propio lore y mitología que es incapaz de ver cuándo había que recortar metraje (y hay partes que sobran más que los bordes del pan de molde).


Hay cosas que me han gustado: cómo imbrica El Mago de Oz (la peli de 1939) y a los personajes de la misma en su estructura, yendo mucho más allá del guiño gratuito y adhiriéndose a su historia de una manera más que convincente (deberían aprender ciertos reboots y recuelas), la evidente conexión entre Ariana Grande y Cynthia Erivo, absolutamente dominadoras de sus personajes y la escena; y cierta magia que aparece aquí y allá, cuando la película se preocupa menos de ser «importante» y más de provocar ensoñaciones en su audiencia, que es a lo que yo, por lo menos, había venido.

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