De Vanity Fair a desaparecer: ¿qué fue de Alison Elliot?

Hace poco estuve en casa de mi padre y me puse a revisar las paredes de la habitación de mi hermana… veréis, no es que tengamos un problema de humedades ni la derrama ni cosas de esas, es que las paredes de la habitación de mi hermana están plagadas de pósters, recortes y portadas de revistas de finales de los 90 y es algo así como entrar en un Blockbuster abandonado… o como entrar directamente en mi cerebro circa 1997-98. Hay que tener en cuenta que, por aquel entonces, internet tan solo era una idea aun muy lejos de ser una realidad en los hogares de todo el mundo, que conceptos como “la nube” o “publicaciones online” eran sencillamente ciencia-ficción, y que la única puerta de entrada a Hollywood y lo que se cocía por aquellos lares era hacer una visita a la sección de revistas internacionales del Fnac de Callao (ay, qué buenos tiempos…) y comprarse las Vanity Fair, Entertainment Weekly o Premiere de turno. Mi hermana ha ido evolucionando en la vida y abriéndose a otras pasiones e intereses, todo lo contrario que yo, que no he hecho sino redoblar mis esfuerzos en todo lo que me gustaba de adolescente (es por esto que empatizo tanto con Kevin Smith, si el tío es feliz jugando con sus mismos juguetes de los 90, ¿quién soy yo para juzgarle si hago, básicamente, lo mismo (minus the sweet revenue he’s getting on a daily basis)?).


De todo el museo que hay en las mencionadas paredes (pósters de Expediente X, Titanic, Romeo & Julieta, recortes de Friends, Scream, Alicia Silverstone…), hay una foto que me llamó poderosamente la atención (vale, también encontré unas joyitas de Sensación de Vivir que reportaré próximamente): un reportaje de la Vanity Fair de 1997 en el que reunieron a las actrices más prometedoras de entonces, ¡la «next wave»! Entre ellas: Kate Winslet, Cameron Díaz, Jada Pinkett, Charlize Theron, Renée Zellweger, Claire Danes, Jennifer Lopez, Minnie Driver, Fairuza Balk y… ¿Alison Elliot? Perdón, ¿quién?


En 1997, cuando Annie Leibovitz hizo aquella sesión de fotos para Vanity Fair, Alison Elliot estaba en disposición de comerse el mundo. Su mirada, poderosa e hipnótica, capaz de atravesarte con esos ojos azules que podían perforarte hasta tu propia alma (¡brujería!), era tan solo uno de los rasgos que la habían puesto en la agenda de todas las grandes productoras. Nacida el 19 de mayo del 70 en California, esta modelo de anuncios de la agencia Ford se decantó bien pronto por la interpretación como modo de vida y, cuando la década de los 90 tocaba a su fin y ella se acercaba a los 30, parecía que, por fin, llegaba su momento.


Tras llamar la atención de todo el mundo en la sitcom de 1989 Living Dolls (spin of de la famosa Who’s the boss junto a Halle Berry y la ex–ciencióloga y actualmente azote de la secta Leah Remini) y una pequeña intervención en Wyat Earpp como la mujer del personaje interpretado por Kevin Costner, la actriz venía debajo del brazo no con un pan, sino con dos formidables baguettes (sé que esta frase es ridícula, pero me hace gracia y se queda): por un lado, el drama La historia del Spitfire Grill (1996), ganador del premio del público en el festival de Sundance de 1996, escrito y dirigido por Lee David Zlotoff (creador de MacGyver, guionista de Remington Steele o Canción triste de Hill Street) sobre una joven que intenta rehacer su vida en un pueblo tras salir de la cárcel; y, por el otro, Las alas de la paloma (1997), cinta de época de Ian Softley (Backbeat, Hackers) conocida por ser una de las mejores adaptaciones de una obra de Henry James (a ver, la película también es conocida porque en el póster, al fondo a la derecha, se les podría haber colado un carabinieri en una embarcación que no debería existir en 1910, que es cuando transcurre la acción de la novela/película, pero no he encontrado nada en internet que refuerce este dato con el que me topé un día en una de tantas publicaciones de Instagram…).


Las alas de la paloma arrasó en nominaciones a premios gordos (pese a quedarse sin ellos), optando a Mejor actriz (Helena Bonham Carter), guión adaptado, fotografía y vestuario tanto en los Oscar como en los BAFTA; y Alison Elliot se las había ingeniado para destacar en un reparto de campanillas (la mencionada Bonham Carter, Charlotte Rampling, Linus Roache, Michael Gambon…). Esto, lo de ser una recién llegada y quedarse con más focos de los esperados, ya lo había ejecutado a la perfección en 1995 con la película Bajos fondos de Steven Soderbergh sobre los problemas de un adicto al juego, donde la Elliot consigue fijarse en el recuerdo de los espectadores por encima de estrellas de la época como Peter Gallagher (maravilloso como padre de Seth Cohen en The OC), Elisabeth Shue, William Fichtner, Paul Dooley o la mítica Shelley Duvall.


Con tres cintas indies que funcionaron como un tiro y un reportaje entre las actrices más prometedoras en una de las revistas más influyentes de la meca del cine, el cielo parecía el único límite para la actriz. Pero si repasamos sus siguientes diez años de carrera (1998-2008), nos encontramos con un par de tv-movies (La hacedora de milagros, The Song of the Lark), una de terror con Christopher Walken (La momia -sin relación ninguna con el famoso personaje o, bueno, un poco-), un personaje episódico en Urgencias o un papel secundario en la cinta romántica La fuerza de vivir (donde dejó el protagonismo a Dermot Mulroney y Amanda Peet). Lo único verdaderamente destacable es su participación en Reencarnación (2004), aquella de Jonathan Glazer donde a Nicole Kidman le dan gato por liebre con un hijo chungo (no pienso extenderme en esto, mírala y me cuentas). ¿Qué pasó con la actriz que se codeaba con Kate Winslet, Cameron D (and Destiny) y Charlize Theron en las fotos? ¿Mala elección de papeles, algún problema personal, o la simple y voluntaria elección de no pertenecer al “star system”?


Se dice que, si bien los caminos de Hollywood son tan inescrutables como los de Dios, hay una máxima que todo el mundo conoce: vales tanto como la recaudación de tu última película. Y, pese al indiscutible éxito en festivales de La historia del Spitfire Grill y Las alas de la paloma (para la que los críticos EXIGÍAN su nominación al Oscar), lo cierto es que estas cintas no “incendiaron” las taquillas. La gente ya podía admirar el trabajo interpretativo de todo el reparto, especialmente el de Alison Elliot, que luego no se dejaban los dineros en verlas en la pantalla grande. La desconfianza de las grandes producciones para con una actriz no testada en productos ligeros y llenos de explosiones, junto al (entiendo yo) deseo de la californiana de dedicarse a actuar y no a ser “una estrella” formaron la receta del cóctel por el cual la intérprete empezó a alejarse del foco mediático, decantándose por papeles cuidadosamente seleccionados en proyectos que le supusieran algún tipo de reto o desafío, sin tener en cuenta el jueguecito de la industria de “una para mí, una para ellos” (Matt Damon y Ben Affleck tienen una conversación super-cachonda sobre esto en la siempre reivindicable Jay & Bob el silencioso contraatacan).


Alison Elliot sigue apareciendo intermitentemente en nuestras vidas para recordarnos lo buena actriz que es: en 2007 dio vida a Martha Bolton en la estupenda (y larguísima) El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, dirigida por Andrew Dominik y protagonizada por Brad Pitt; y en 2016 dio vida a la madre de Elle Fanning en la reputada Mujeres del siglo XX, si bien donde se gana el pan y la mantequilla es en series de televisión como Ley & Orden, Mayans, Terriers o Servant; o narrando audiolibros para plataformas como Audible.


Parece ser que actualmente está casada, tiene dos niños y vive la mar de bien en Edimburgo y no podrían importarle menos todos esos artículos del tipo “Whatever happened to Alison Elliot?” (¡como este!) ya que, si bien no alcanzó la fama mundial de sus compañeras en aquel reportaje de Vanity Fair que hizo a los 27 años, sí que llegó a ser lo que siempre prometió: una actriz como la copa de un pino. Y quizá eso, ser o acercarte a la mejor versión de ti mismo (profesionalmente), es un logro mucho mayor. Y sin el “quizá”.

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